Mi hijo es mi regalo más grande. Nació y la
vida me cambió. Su dulzura, ternura, inocencia, fragilidad y amor abarcaron todo mi ser, ese que sin
pensarlo dos veces, se dedicó a protegerlo y amarlo para toda la vida; sin duda alguna, el regalo
más grande que ha recibido una madre.
Y ahí
comenzó un largo camino de alegría, enseñanzas, desvelos, preocupaciones...
Seré su primera
novia que desborda de felicidad ante sus besos y abrazos improvisados.
La amiga
fiel presente en los momentos de festejos o vicisitudes. Constantemente a
su lado sin condiciones, sin exigencias, con mucho amor y cariño en mi corazón siempre disponible para darle.
La consejera que alienta ante una dificultad; la del regaño
oportuno, la que educa. La que sin decirle nada le entiende.
No importa
los años que yo tenga, ni que el cansancio del día agotador se dibuje en mi rostro, al final de la jornada solo me reconfortará el saber que mi retoño está
bien, es feliz y me conforma con la mirada tierna que en miles de forma me
expresan: Mamita yo te quiero.
Por eso
todo el amor del mundo para esa personita especial, que no necesita de
adjetivos para describirle, que no necesita de palabras para adorarle, que no
necesita de hechos para amarle porque al final Sergito es mi regalo más grande.
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